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Durante años, las abuelas se
han caracterizado por seguir en silencio los consejos de la naturaleza y
recorrer montes, praderas y arroyos en busca de plantas medicinales con
las que elaborar tisanas y ungüentos. Después, celosas y discretas, han
mantenido en secreto los remedios con los que prevenir y calmar el dolor y
han cerrado con llave la botica de las pomadas de agavanzo, las cremas de
tártago, las cataplasmas de pimentillas o los calmantes de gatuña.
Tan solo ahora, cuando algunos se afanan en colgarse el sello de la
medicina natural por recomendar una infusión de manzanilla como alivio
estomacal, parece que algunas se atreven a explicar cómo encontrar en el
Cerrato las floravias o cadillos de los caldos diuréticos, cómo elaborar
en Tierra de Campos el viejo mejunje de arzollas para cicatrizar las
heridas o cómo asegurar la producción de miel de brezo en el norte de la
provincia para seguir vendiéndola como el mejor medicamento contra el
catarro y la irritación de garganta.
Así lo afirman Maximino Marcos y su mujer Teo Fontecha en Tabanera de
Valdavia, donde poseen colmenares, como otros vecinos. «Basta con mirar el
prospecto de un fármaco para el catarro para sorprenderte de todos los
componentes artificiales que lleva, de los que no conoces ninguno. En
cambio, un vaso de leche caliente con unas cucharadas de miel es mano de
santo, el mejor curativo», asegura Teo.
Cada año elaboran cerca de mil kilos de miel pura de brezo y la reparten
entre familiares, amigos y allegados. El misterio para que se lo quiten de
las manos reside en su elaboración artesanal y tradicional, que
aprendieron de antiguas generaciones. «Todo es como antaño. Los colmenares
de adobe en el monte, los hornillos de madera y nada de cajones o panales
prefabricados, que ya vienen con cera», apunta Maximino, al mismo tiempo
que explica los trucos y las fechas que marca la apicultura. Así detalla
que la época de la cría dura hasta finales de junio, «hasta San Pedro,
aproximadamente», cuando las abejas nuevas salen de la colmena con la
reina y forman una piña, racimo o enjambre sobre un lecho de brezo o sobre
la rama de un árbol. «Poco después se acude con un escriño humedecido para
coger las abejas y meterlas de nuevo en el colmenar para que fabriquen la
miel», agrega.
Las catas se realizarán posteriormente, en los meses de noviembre,
diciembre y enero, y para ello recomiendan ahumar la colmena con la
intención de que las abejas se refugien en el fondo y se puedan extraer de
forma tranquila y limpia los paneles u hornillos, que contienen cera y
miel. «Se meten los paneles en un saco de lino con un poco de agua tibia y
se estrujan en una especie de banco de madera inclinado. La miel se va
colando por el tejido y pasa por una rejilla hasta un cubo, donde se queda
espesa. Mientras, la cera se queda pegada a los bordes del saco para
formar después bolas con las que se fabrican velas o adornos», detalla
Maximino.
El proceso no finaliza con el envasado, pues los propietarios de los
colmenares han de cuidar otros aspectos a lo largo del año. «Hay que estar
atentos de la salud de las abejas, de la limpieza de las colmenas o de los
ataques de las garduñas o los ratones, que pueden ser muy dañinos», añaden
Maximino y Teo, que se olvidan de todo el esfuerzo cuando llevan una
cucharada de miel a la boca y disfrutan del poder curativo que concentra
Tabanera, entre brezos y tomillos.
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Publicado en el diario El Norte de Castilla el día 21 de junio de 2006
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